Los cuentos permanecen a lo largo de los años transmitiéndose de
generación en generación primero, oralmente, después, por escrito. Un mismo
cuento puede conocer y, normalmente conoce, diferentes versiones, diferentes
variaciones. Ninguno se libra de este constante ejercicio de recreación.
Narración del cuento “caperucita
roja” del escritor Triunfo Arciniega
Blog: tiene el gusto de presentarles a los estudiantes de 8.02 Ahilyn
Andrea Granados y Santiago Giraldo del Instituto Técnico María Inmaculada de la
jornada de la mañana, quienes van a interpretar con sus voces.
La adaptación del cuento de Caperucita Roja que se presenta a
continuación se ha extraído del libro Caperucita roja y otras historias
perversas del escritor colombiano Triunfo Arciniega. Es un relato romántico de
un lobo enamorado de una niña perversa… con caperuza roja… No pueden perderse
esta otra visión (amorosa) del lobo (feroz).
Espero les guste y se diviertan escuchándolo:
Caperucita Roja
Triunfo Arciniegas
LOBO: Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo,
que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza.
Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían
Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La
había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros. Tan locos, tan
traviesos.
Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y
una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los
árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de
polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler
Un día la saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un
globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo.
Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de
masticar.
CAPERUCITA: – ¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
LOBO: Me quedé
mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién
cortada.
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
CAPERUCITA – ¿Esa
flor? No veo por qué.
LOBO: Está llena de belleza
CAPERUCITA: No veo la belleza .Es una flor como cualquier otra.
LOBO: Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por
su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y me
fui.
CAPERUCITA: – ¿Te caíste?, Corre a un hospital.
LOBO: –No me caí.
CAPERUCITA: –Así parece porque no te veo las heridas.
LOBO: – Las heridas están en mi corazón -dije.
CAPERUCITA: –Eres un imbécil.
LOBO: Volvió a alejarse sin despedirse. No tuve valor para subir a
la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena triste y abandonado.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del
bosque.
– ¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida caí en la cuenta
de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y
faldita de juguete.
CAPERUCITA: – Estoy de vacaciones ¿O te parece que éste es el uniforme?
LOBO: – ¿Y qué llevas en el canasto?
CAPERUCITA: – Un rico pastel para mi abuelita. – ¿Quieres probar?
LOBO: Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel.
¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba
pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si
rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la
palabra. Me parecía tan amable, tan bella.
Dije que sí.
CAPERUCITA: Corta un pedazo.
LOBO: Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí
con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas,
que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo
dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como
una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
CAPERUCITA: – Es un experimento Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero
tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
LOBO: Y me dejó tirado en el camino, quejándome. Así era ella,
Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura.
Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que
se alegró de verme
CAPERUCITA: – La receta funciona Voy a venderla.
LOBO: Y con toda generosidad me contó el secreto.
CAPERUCITA: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas
hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla,
harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones.
Acompáñame a la casa de mi
abuelita porque necesito de ti un favor muy especial.
LOBO: Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una
locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, Tan pronto llegamos a la casa y
pulsó el timbre, me dijo:
CAPERUCITA: – Cómete a la abuela. – Vamos, hazlo ahora que tienes la
oportunidad.
LOBO: No podía creerlo. Le pregunté por qué.
CAPERUCITA: – Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.
LOBO: No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se
sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo
creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela,
llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores.
Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No
veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para
jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido
de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta
vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido
de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita?
Sólo soy el lobo de la historia.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del
bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le
conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca
tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en
auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil
y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un
abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La
creo muy capaz de cumplir su promesa.

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